A veces, mientras estoy apoyada en mi ventana, veo caer la lluvia como un manto blanco en noches oscuras. Cierro los ojos y miro el pasado. El pasado que nunca olvidamos. Parece que fue ayer cuando tu, tía Cristina, te presentaste en casa en pleno verano, con tus risas y tu encanto particular. Me recuerdo de aquella “pequeña charla” que tuvimos las dos. Allí en la sombra de aquel árbol –mientras mirábamos fotos y documentación de Él- te hice una pregunta. ¿Te acuerdás? Yo sí. “¿Cómo era mi bisabuelo, tía Cristina?” Sonreíste orgullosa, dejaste de lado la fotografía y con tus manos que vieron al Tiempo envejecer me dijiste :
- Hija, “Brillante por fuera y por dentro. Pero siempre brillante”.
Sonreí satisfecha, bisabuelo. ¿Sabes por qué? Por que de ti, no me esperaba otra cosa. Se oían las risas de los más pequeños acompañadas del tchin-tchin de las copas, la alegría de volver a vernos y, de saber que estamos juntos. Pero como siempre pasa, los mejores siempre se van. Hace dos días que te marchaste, tía Cristina. Sé que los cinco hermanos os habréis encontrado allí en la Plaza España del cielo. Felices después de tanto tiempo, sonrientes. Orgullosos del uno y del otro. Sonreíd al sol, los cinco, es una orden. Sonreíd siempre que podáis así el sol saldrá y, mientras cierro los ojos sé que vosotros me acariciaréis el rostro. No estáis muertos estáis vivos en nuestra conciencia y aquí, sobre nuestros corazones. El malicioso Tiempo os llevo, pero quiero que sepáis que vuestro recuerdo-el de los cinco-, estará vivo por mucho tiempo.
Y por último, bisabuelo, cuida de ellos, por que ya sabemos que tú eres nuestro ángel.







